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Las crisis y las protestas

Primero fue Grecia, luego Portugal, después España, más tarde Italia seguida de Francia. La crisis económico-financiera se abatió sobre Europa y su moneda, el Euro, resintiendo la trama de una Unión Europea que tiene poco de homogénea.

Pareciera que los países afectados lo estuvieran por haberlos afectado la contaminación del Mediterráneo, por ser católicos u ortodoxos, o simplemente por no ser nórdicos.

Buscar causas ambientales, religiosas o geográficas, es un poco primario cuando todo, en las crisis de este tipo, apuntan a lo que se llama corrupción.

En todas partes hay incendiarios y bomberos y, paradójicamente, son éstos últimos los que deben escuchar las quejas de los afectados.

El Euro transformó a muchos países de Europa que, aunque transitasen economías más o menos normales, tenían posibilidades muy acotadas en relación a sus vecinos. Con la moneda común todo pareció transformarse en una fiesta, no sólo para sus habitantes sino para sus gobiernos. Pero, como en la fábula de la cigarra y la hormiga no supieron aprovechar la bonanza. No sólo eso, creyeron también que dicha bonanza nunca acabaría y abrieron la puerta de servicio para quienes quisieran hacer los servicios, recibiendo una andanada de inmigrantes de distintas etnias, credos religiosos y actitudes sociales.

La fiesta continuó. Especialmente para los gobiernos. La gente no se preocupó de divertida que estaba. Casi nadie pensó en capacitarse, en adquirir aptitudes y mucho menos en quejarse del desgobierno de los gobiernos lanzados a una carrera al desastre. Hasta que estalló la crisis.

Históricamente las medidas contra las crisis se toman de afuera hacia adentro, es decir, de los estratos más débiles hacia el núcleo más poderoso. Esta vez no fue la excepción. Las primeras medidas, en Grecia, se mostraron muy duras. La reacción popular no se hizo esperar y el gobierno renunció. Las condiciones para el salvataje de los aliados de la UE, fueron en aumento y también las protestas.

Los primeros y más afectados se encontraron con que los trabajos para quienes tuvieran sus escasas aptitudes y capacidades estaban en manos de inmigrantes y ardieron en xenofobia. Y así ha sucedido en menor medida en tanto se sube en la pirámide social, aunque las medidas afectan a todos.

Está visto que las decisiones restrictivas apuntan a sectores multitudinarios como los de salud y educación y son éstos los que se erigen en jueces de la situación, aunque el gobierno al que confrontan no sea ya el gobierno aquel que los sumió en la crisis.

Así como sucedió – y sucede – en Grecia, las protestas se han multiplicado por los países afectados. Ahora, en Valencia, los estudiantes se manifestaron por los recortes en educación. El alboroto tuvo un saldo de 25 detenidos y una reacción similar en muchas otras ciudades de la península.

Pero, como ha sucedido en todos los casos, todos quieren soluciones incruentas que no afecten sus bolsillos ni sus posibilidades, pero olvidan –  ¡tan frágil es la memoria! – que mientras duró el jolgorio socialista de Rodríguez Zapatero, ninguno de ellos alertó a lo que se los estaba exponiendo, ni se quejó por el futuro que les aguardaba.

Si los pueblos fuesen capaces de capitalizar las experiencias ajenas, se enriquecerían aprovechando el ejemplo actual de Europa.

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